Logo
Imprimir esta página

Documento aparecido en la publicación de la Columna de Hierro “Nosotros”

Documento aparecido en la publicación de la Columna de Hierro “Nosotros”

Aunque sólo refleje una situación extrema –la de una formación que se creó en el seno de la milicias confederales, basándose en elementos socialmente marginales– el documento que presentamos  de Nosotros, publicación periódica de la Columna de Hierro (números de los días 12, 13, 15, 16 y 17 de mayo 1937), revela un estado de ánimo que señalaba la fe de los combatientes en una justicia y en una igualdad libre de todo regateo.

“Soy un sobreviviente de San Miguel de los Reyes (1), cárcel siniestra que construyó la monarquía para enterrar vivos a quienes, por no cobardes, nunca se sometieron a las leyes infamantes que decretaron los poderes contra los marginados. Me llevaron allí, como muchos más, por lavar la injuria, por rebelarme contra las humillaciones que soportaba todo un pueblo, por matar al fin a un cacique.

Era joven, y lo soy aún, ya que, entrado en la cárcel a los veintitrés años de edad, salí de ella, cuando abrieron sus puertas los compañeros anarquistas, a los treinta y cuatro. Once años entregado al tormento de no ser un hombre, sino un objeto, un número.

Otros presos salieron junto conmigo, igualmente dolientes, igualmente lastimados por lo maltratos recibidos desde su nacimiento. Unos, al volver a la calle, se fueron por el mundo; otros se unieron a sus libertadores, que nos trataron como amigos y nos quisieron como hermanos; con ellos, poco a poco, formamos la Columna de Hierro; con ellos, muy pronto, asaltamos los cuarteles, desarmando a los temibles guardias; con ellos, a empujones, rechazamos a los fascistas más allá de las cumbres, allí donde se encuentran...

Nadie o casi nadie se ocupó de nosotros. El estupor burgués provocado por nuestra liberación se convirtió en el estupor de todos, y en vez de interesarse en nosotros, de ayudarnos, de socorrernos, nos trataron como bandidos, nos acusaron de ser unos “incontrolados” porque no adaptamos nuestro ritmo de vida, que quisimos y queremos libre, a los caprichos estúpidos de quienes, tonta u orgullosamente, creyeron ser los dueños de los hombres por estar sentados en un Ministerio o en un Comité; porque, en los poblados que quitamos a los fascistas, hemos combatido el sistema de vida, liquidados a caciques feroces que envenenaban la existencia de los campesinos después de robarles, y hemos entregado las riquezas a quienes fueron los únicos en crearla: los trabajadores . (…) Y el burgués –hay burgueses de todas las especies y en muchos sitios– tejía, con los hilos de la calumnia, la leyenda negra que nops rodea: porque al burgués, y únicamente al burgués, han podido perjudicar y pueden seguir perjudicando nuestras actividades, nuestras rebeliones y esa gana loca, incontenible, que tenemos en el corazón, de vivir libres como las águilas en las cumbres y los leones en la selvas.

Hasta hermanos que sufrieron con nosotros en el campo y en los talleres, que fueron vilmente explotados por la burguesía, se hicieron eco de los temores de ésta y terminaron cayendo, porque se lo decían algunos candidatos a las funciones de jefe, que nosotros los hombres de la Columna de Hierro éramos bandidos sin alma, y el odio, que muchas veces condujo a la crueldad y al asesinato fanático, cerró nuestro camino para que no siguiéramos avanzando contra el fascismo.

Ciertas noche, esas noche durante las cuales, con arma en mano y oído despierto, trato de penetrar las profundidades de los campos y los misterios de las cosas, no tenía más remedio, como en una pesadilla, que levantarme sobre el parapeto, no parta estirarme los miembros que tengo de acero, tan endurecidos fueron por el dolor, sino con ganas de disparar, apretando el arma más rabiosamente, contra el enemigo oculto en la oscuridad, y también contra aquel que tampoco veía, que se escondía en mi costado, llamándome incluso camarada, y traicionándome bajamente; pues no hay nada más cobarde que esta traición; y me provoca tanto llorar como reír, y correr por los campos gritando, degollando gente, como hiciera para el inmundo cacique, y haciendo explotar, hasta reducirlo a escombros este mundo miserable, donde es tan difícil encontrar una mano amiga que enjugue tu sudor y seque la sangre de tus heridas cuando regreses de la batalla.

Pero un día –un día pesado y triste–, bajando desde lo alto de la montaña, como el viento de nieve que corta la piel, llegó la noticia: “Hay que militarizarse”. Y la noticia me traspasó como una puñalada, y sufrí por adelantado las angustias de hoy. En medio de la noche sobre el parapeto repetía la noticia: “Hay que militarizarse”.

“Conocí el cuartel, y allí aprendí a odiar. Fui a la cárcel, en donde cosa rara, pese a las lágrimas y a los sufrimientos, aprendí a amar, y a amar intensamente.

En el cuartel, estuve a punto de perder mi personalidad, tan grande fue la rudeza conque me trataron para imponerme una tonta disciplina. En la cárcel, a fuerza de lucha, volví a encontrar mi personalidad, siempre más reacia a toda obligación. En el cuartel aprendí a odiar, desde el cabo para arriba, a todas las jerarquías; en la cárcel, aprendía a amar a todos los desgraciados hermanos míos, conservando puro el odio de las jerarquías amamantado en el cuartel.

Con este juicio, con esta experiencia –una experiencia adquirida, habiendo sido mi vida saturada de dolor–, cuando oí, bajando de la montaña, la orden de militarización, sentí durante un rato, como un hundimiento. Vi claramente que el guerrillero audaz de la Revolución muy pronto cedería el paso al ser privado de cualquier atributo personal por el cuartel y la cárcel, caería de nuevo en el abismo de la obediencia, en el sonambulismo animal al que lleva la disciplina del cuartel o de la cárcel, ambos siendo iguales...

Para nosotros nunca hubo tregua ni, peor aún, palabra de amistad. Todos, fascistas y antifascistas e incluso los nuestros –que vergüenza nos dio–, nos trataron con desdén.

No nos comprendieron. O tal vez, y eso es más trágico aún, no hicimos que nos comprendieran. Por haber sufrido todas las desgracias y todos los rigores de quienes fueron jerarcas en la vida, quisimos vivir, incluso en la guerra, una vida libertaria. Los demás, por desgracia suya y la nuestra, seguían atados al carro del Estado. (…)

La historia, que recoge lo bueno y lo mano de todo cuanto hacen los hombres, algún día hablará. Y esta historia dirá que la Columna de Hierro fue tal vez la única en España que tuvo una visión clara de la lo que debía ser nuestra Revolución. También dirá que fue ella quien resistió más a la militarización. Y, por último dirá que, por esa resistencia, hubo momentos en que la abandonaron totalmente, en plena batalla, como si fueran a entregarla al enemigo para que devorase a esos seis mil hombres aguerridos y dispuestos a vencer o morir.

Cuántas cosas dirá la historia, y cuantas figuras, que se creen gloriosas, serán execradas y malditas.

Nuestra resistencia a militarización se basaba en lo que sabíamos de los militares. Nuestra resistencia actual se basa en lo que sabes de ellos ahora. (…)

He visto temblar de rabia y desagrado a tal oficial a quien me dirigiera tuteándole; y no conozco casos recientes de batallones que se dicen proletarios, donde los oficiales, que ya olvidaron sus humildes orígenes, no pueden admitir –existe para eso duros castigos– que los tutee un miliciano.

Nosotros, en la trincheras, vivíamos felices. Nadie era superior a nadie. Todos amigos, todos compañeros, todos guerrilleros de la Revolución.

No se imponía a nosotros el delegado de grupo o de de centuria, sino que lo elegíamos y él no se sentía ni teniente ni capitán, sino compañero. Los delegados de los comités de la Columna nunca fueron coroneles o generales, sino camaradas. Comíamos juntos luchábamos juntos, juntos reíamos y maldecíamos. (…)

No se cómo viviremos ahora. No sé si podremos acostumbrarnos a oír los insultos del cabo, del sargento o del teniente. No sé si después de sentirnos plenamente hombres podremos volver a ser animales domésticos, a lo que conducen la disciplina y la militarización.

Pero el momento es grave. Atrapados, tenemos que salirnos para escapar, lo mejor que podamos, porque todo el terreno está sembrado de trampas.

Los militaristas, todos los militaristas –hay algunos iracundos en nuestro campo– nos cercaron. Aquí eramos dueños de todo, hoy son ellos. El ejército popular, formado por el pueblo –fue siempre fue así–, no pertenece al pueblo; es el ejercito del gobierno. Y el gobierno manda, y el gobierno ordena.

Metidos en  la red militarista, tenemos que escoger entre dos caminos: el primero nos lleva a desagregar ese conjunto formado por camaradas de lucha, a destruir la Columna de Hierro. El segundo nos conduce a la militarización.

Esta Columna, la Columna de Hierro, que desde Valencia hasta Teruel hizo temblar a los burgueses y a los fascistas, no debe desaparecer. (…). Si destruimos la Columna, si nos dispersamos, luego tendremos que ir, obligatoriamente movilizados, no con los que escogimos, sino con quienes ordenen que nos juntemos,”

Tal vez se considere este documento como primitivo y exagerado. No por eso deja de reflejar, a su manera, menos la esperanza en una sociedad futura que la voluntad de vivir intensamente una comunidad fraterna. Esta forma de evasión en la lucha, esta fue característica de muchos voluntarios internacionales que acudieron a España en los primeros días. Tenían poco que ver con quienes luego fueron parte de la Brigadas Internacionales, especie de Legión Extranjera de la Internacional Comunista. Vinieron para luchar y morir más que para triunfar.

El renacimiento de una sociedad de desiguales, en medio de la misma tempestad revolucionaria, no correspondía a un tema de propaganda simplista.

Lejos de contribuir a que la revolución se desarrollase hasta el punto en que los trabajadores fueran capaces de impulsarla, el acuerdo de los dirigentes de la CNT, de  reconocer el Estado y la autoridad de un Gobierno sembró la confusión en la filas de los trabajadores.  En vez de destruir todas las instituciones burguesas por medio de organismos revolucionarios, los dirigentes se vieron de la noche a la mañana ocupando cargos en las propias instituciones que su propia experiencia les había enseñado debían destruirse como primer paso en una revolución integral. Con acierto señalaba un observador durante los primeros meses de la lucha: “Se confirmaba una vez más la vieja regla revolucionaria: o se lleva una revolución hasta su fin o no se desata (Franz Borkenau: El reñidero español)

 ____________________________________________

1.- El uso del Monasterio de San Miguel de los Reyes, situado en barrio Orriols de Valencia, ha sido disperso . Ha sido utilizado como asilo de mendicidad, cárcel de mujeres y, posteriormente, de hombres. A partir de 1936, el monasterio se constituyó como prisión para presos políticos tanto de la República como del Franquismo. Sus últimas vidas datan de 1966 (cuando el monasterio se convirtió en colegio); y 1999, cuando comienza a ser la sede de la Biblioteca Valenciana.

Guardar

Coordinadora Obrrera Anarquista está distribuida bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.